miércoles, 24 de diciembre de 2014

La ralentización de la acción



Desde que retomé el Kenpo después del largo invierno universitario, he sufrido algunos cambios que supongo normales para la mayoría de los kenpoístas que lo son con prejuicios (no en el sentido más negativo de la palabra). Lo digo porque cuando lo retomé yo sólo pensaba en técnicas y formas, pero la realidad era otra.

Es cierto que desde el comienzo mi trabajo fue ponerme al día con las técnicas, remerecerme el cinturón que llevaba y prepararme para el siguiente. Recuerdo que cuando dejé el kenpo ya estaba preparado para examinarme de cinturón naranja, pero no dio tiempo antes de mi viaje a Sevilla. Sin embargo, con el paso de las clases íbamos alternando momentos de técnicas del programa con otros momentos en que veíamos movimientos de pies y manos combinados, golpes, patadas que repetíamos para coger soltura...

Al principio no me sentía cómodo, parecía que era perder el tiempo, tiempo que podría estar dedicándole a aprender el programa, pero poco a poco iba relativizando la prisa e iba apreciando lo que se me presentaba delante, aprovechando la oportunidad de disfrutar y aprender nuevas ideas o movimientos que podría poner en práctica en otros contextos, como las mismas técnicas. Comprendí, que lo importante es aprender de todo lo que se te ofrece, pues todo tiene enseñanzas que pueden ser valiosas.

Es como lo que ocurre a veces con libros que nos presentan escenas o momentos que nos aburren porque no se centran en lo que nosotros queremos que se centren. Una descripción, un comentario, un monólogo que ralentizan la acción. ¿Por qué no somos capaces de atender a esos momentos que dejan para después la "acción" por si nos quieren decir algo nuevo, distinto? Quizás, en esas situación hay una veta de oro que debemos aprovechar para que la acción, cuando se presente, ya sea la acción de la novela o el programa de kenpo, sea más sabrosa.

En fin, me valga esta reflexión (que ha tardado porque, ay oposiciones, cada vez hay menos tiempo) para aprovechar y felicitaros la Navidad. Que el nacimiento de Cristo alumbre vuestros corazones y su mensaje de amor a Dios y al prójimo se convierta en vuestra luz. Hasta la próxima (que no tardará).

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